lunes, 2 de noviembre de 2015

Eurípides. Las troyanas

Eurípides, Las troyanas


Poseidón.–– Vengo desde el Egeo, abismo saturado de sales. Gozan allí los coros de las Nereidas, en bailes llenos de belleza. Unido a Febo, construí altos muros de Troya. Hoy, la ciudad está humeante; derruida por la lanza de los griegos. Pereció, desolada queda.
            Ulises, construyó un caballo, por instigación de Palas. Llenos de armas sus costados, metió dentro las murallas el funesto ardid... Cerca el altar de Zeuz, protector de los hogares, Príamo sucumbió, herido por la muerte.
            ¡Oro, cuánto oro los aqueos han transportado! Esperan buen viento para hacer su retorno.
            Y yo, pues me venció Hera, unida a Atenea, confabuladas para arruinar a los frigios, habré de abandonar la ilustre Ilión. Dejaré mis altares. El río Escamandro resuena con lamentos confusos y dolientes de mil cautivas. Esperan que la suerte les señale el nuevo amo.
            ¡Allá están las de Troya en esas tiendas. Con ellas está Helena, la más bella mujer, hoy una cautiva.
            Si alguno quiere ver una desgracia que no tiene límite, contemple a Hécuba. Yace junto a su puerta; derrama llanto interminable... mucho ha de derramar por muchas causas.
            ¡Adiós, ciudad afortunada antaño; yo me despido de vosotras, oh, hermosas torres! ¡Si Palas, la hija de Zéuz no hubiera anhelado tu ruina, qué gallarda te irguieras desde tus cimientos!

Aparece Palas Atenea

Atenea.–– ¿Es posible tratar al más cercano pariente de mi padre? Dios grande, dios potente y venerado entre los dioses, ¿podríamos esquivar nuestra vieja contienda?
Poseidón.–– Es posible, regia Atenea.
Atenea.–– Me place tu cordura. Has dominado el enojo. Vengo a proponer algo que al igual a ti y a mí interesa.
Poseidón.–– ¡Has renunciado ahora al viejo encono que abrigabas contra Troya! ¿Por qué tales mudanzas? ¿De polo a polo vuelas? ¡Odiaste ayer y ahora los amas! Y en exceso todo.
Atenea.–– ¿No lo sabes? Me afrentaron a mí, afrentaron mi templo!
Poseidón.–– Lo sé. Fue cuando Áyax con violencia arrebató a Casandra.
Atenea.–– ¿Y qué hicieron los griegos? Ni castigo ni reproche.
Poseidón.–– Y ellos con tu ayuda cautivaron a Troya.
Atenea.–– Por eso asóciate a mí; yo quiero castigarlos duramente.
Poseidón.–– Hecho. Contigo estoy. ¿Qué pretendes hacer?
Atenea.–– Quiero lanzar contra ellos un funesto retorno.
Poseidón.––  ¿Estando aún en tierra o navegando el salado Ponto?
Atenea.–– Cuando de Troya emprendan la náutica retirada hacia sus hogares. Será así: Va a enviar contra ellos Zeus aguaceros terribles y granizos sin igual. Huracanes, turbiones y procelas. Más prometió mi padre: darme su rayo fulminante que dé en las naves y las vuelva cenizas.
            Tu parte es ésta: que resuene estrepitoso con tormenta el mar Egeo; que se levanten furiosos los ciclones en el mar salado; ¡ya aprenderán los griegos a venerar mis templos y acatar a los dioses!
Poseidón.–– Así será. No se requieren largos razonamientos. Voy a agitar con furia la salada hondura del mar Egeo. Sube al Olimpo ya. Toma de mano de tu padre los fulminantes dardos y espera que la flota de los griegos suelte sus amarras.

Desaparece Atenea.

Poseidón.–– ¡Necio entre los mortales es el que arrasa una ciudad y deja en abandono templos y sepulcros, donde sagradamente reposan los muertos: tiene ya fijada su desdicha!

Se va. Hécuba se va levantando lentamente y dice:

Hécuba: ¡Troya  ya no existe! ¡Ya no hay reina de Troya!
            ¡Ay, ay!... ¡Cómo no llorar! Se perdió la patria, se perdieron mis hijos y mi esposo! ¡Se derrumbó la fama de mis antepasados!: Polvo y nada.

Ya en pie sigue su canto:

            ¡ Naves de veloz proa empujadas por los remos hacia la santa Troya! Cruzaron el Ponto color de vino. Esas naves están ahora sujetas en esta bahía de Troya, atadas con los cables que los egipcios tuercen! Y eso ¿por qué? ¡Por rescatar a la odiosa Elena, la mujer de Menelao.

Mientras va diciendo la estrofa salen las mujeres del coro.

Corifeo.–– Hécuba, ¿por qué gritas? ¿Por qué alzas tus clamores? Traspasó la cubierta de la tienda el son de tus lamentos y traspasó los corazones. Un terror que congela invadió el alma de las troyanas que allá se lamentan de su amarga esclavitud.
Hécuba.–– ¡Hijas, ya están los remos en las naves de los aqueos, ya se inicia el regreso!
Corifeo.–– ¿Qué intentan? ¿Van a llevarnos ya, conducidas en sus naves, lejos de nuestra tierra?
Hécuba.–– No lo sé.
Coro.–– ¡Ay, ay!, troyanas míseras! Vais a ver la desdicha que les está reservada.
Corifeo.–– ¿Vino ya el mensajero de los dánaos? ¿Quién de los griegos me llevará doliente desde mi Troya?
Hécuba.–– Y yo también, ¿en qué tierra seré esclava, yo que en Troya tuve honores de reina?
Estrofa 1.–– ¡Ay, con qué lamentos deploras tu ruina. Es la postrera vez que miro la mansión de mis padres. Penas más crueles habré de sufrir. ¿O habré de entrar en el lecho de algún heleno ––¡maldita noche en que esa suerte tenga!–– o iré a traer el agua, cual la ínfima esclava, a la fuente sagrada de Pirene?

Llega Taltibio, mensajero, acompañado de escolta.

Taltibio.–– Hécuba, bien recuerdas que muchas veces llegué a Troya con embajadas de la hueste aquea. Conocidos somos, señora; soy Taltibio que reporta ahora un mensaje nuevo.
Hécuba.–– ¡Eso, troyanas amigas, eso es lo que ha tiempo estoy temiendo!
Taltibio.–– Ya se hizo el reparto, si eso estabais temiendo.
Hécuba.–– ¡Ay! ¿A qué ciudad nos designas la marcha?
Taltibio.–– Cada una a distinto amo os asignó la suerte. No igual a todas.
Hécuba.–– ¿Quién a quién ha tocado?
Taltibio.–– Lo sé. Pero ve preguntándome una por una.
Hécuba.–– ¿A quién tocó mi hija, dime, mi desdichada Casandra?
Taltibio.–– El rey Agamemnon la prefirió para sí.
Hécuba.–– ¡Esclava mi hija!
Taltibio.–– Esclava no; secreto enlace la hace su esposa.
Hécuba.–– ¡Ella, que Febo quiso guardar perpetua virgen!
Taltibio.–– Herido está de amores y ama a la profetiza.
Hécuba.–– Y mi otra hija, la que ha poco me arrancasteis, ¿en dónde está?
Taltibio.–– ¿A Polixena te refieres?
Hécuba.–– A ella. ¿Cuál ha sido su suerte?
Taltibio.–– Asignada quedó al servicio de la tumba de Aquiles.
Hécuba.–– ¡Infeliz de mí! ¡Para servir a una tumba le dí yo la vida!
            Y ese servicio ¿qué es entre los griegos? ¡Dímelo, amigo!
Taltibio.–– Llama a tu hija dichosa: tuvo gallarda suerte!
Hécuba.–– ¿Qué quieres decir? ¿Goza aún de la luz del sol?
Taltibio.–– La suerte ahora a ella la libra de todo infortunio.
Hécuba.–– ¿Y qué fue de Andrómaca, la esposa de Héctor?
Taltibio.–– El hijo de Aquiles la escogió.
Hécuba.–– Yo de quién seré esclava?
Taltibio.–– Tocaste a Ulises, el señor de Itaca.
Hécuba.–– ¡Ay de mí, ay de mí...! ¿Servir yo como esclava a ese hombre sin decoro ni nobleza...! ¡Hombre que vulnera continuamente la justicia...! ¡Ese fue mi destino! ¡Lloradme ahora, lloradme, troyanas! ¡Llega mi fin lamentable; infeliz quedo y aniquilada estoy! ¡Fue para mí la más amarga suerte!
Coro.–– ¡Reina, ya sabes tú cual ha sido tu destino...! Pero, ¿cuál es el mío? ¿Quién de los aqueos, quién de los de la Hélade  ha de tomarme por su esclava?
Taltibio.–– Criados, entrad de prisa y traed aquí a Casandra. Tengo que poner su mano en la mano del rey Agamemnón, para ir en seguida a entregar a cada una a su dueño.
            Pero... ¿qué luz es esa? ¿Es un incendio que las troyanas provocan?
Hécuba.–– ¡No, incendio no es; es mi hija Casandra que enajenada por el don profético viene acá presurosa!

Entra Casandra, dominada por el delirio vaticinal. Vestida con bandas en la cabeza y en los brazos. Lleva en la mano una antorcha encendida y llega bailando.

Casandra.–– ¡Álzala, acércala! ¡Llevo una luz! ¡Santifico! ¡Ilumino!
            Mirad, mirad: alumbro este templo. ¡Rey Himeneo: feliz sea el esposo; feliz sea yo en el lecho del rey; que en Argos voy a casarme.
            ¡Oh, Himeneo, rey Himeneo!
            ¡Y tú, madre mía, con lágrimas y gemidos a mi padre muerto y a la patria amada no dejas de lamentar!
            Pero yo en mis bodas enciendo esta antorcha, y la hago tremolar y reverberar en honor tuyo, oh rey Himeneo!
            Coro.–– ¡Oh, reina, tu hija se ha convertido en bacante! ¿Por qué no la refrenas?, ¡no vaya a dar en sus saltos al ejército mismo de los argivos!
Hécuba.––¿Quién iba a pensarlo, hija, que ibas a celebrar nupcias bajo espadas y lanzas argivas, hostiles y duras?
            Trae acá esa antorcha.

Quita la antorcha a Casandra y la da a una de las mujeres

Antorchas, no, troyanas, llevadlas de aquí. Y a esos nupciales cantos responded con lágrimas.
Casandra.––  ¡Madre, pon en mi frente corona de victoria! ¿Gózate conmigo! ¡Voy a nupcias reales! ¡Tú misma llévame, y si yo me resisto, a la fuerza arrástrame!... Mi boca será mucho más perniciosa que la de Elena. Esa boda que va a celebrar conmigo Agamemnón, el rey de los aqueos. Por mí y conmigo tiene que perecer y toda su casa vendrá a la ruina. Esa es la venganza por mis padres y por mis hermanos...
            ¡Hay vergüenzas sin nombre: decirlas no quiero! ¡Hay una espada horrible que ha de cortar mi cuello y el cuello de él! ¡Hay la tremenda ruina en que va a hundirse la casa de Atreo!
            No hablaré más. Solamente de mi ciudad. ¡Más feliz que la de los griegos! Un dios me domina, pero dejaré su dominio para probar mi aserto.
            En pos de una mujer, por un amor solo, los griegos han perdido miles de vidas, para lograr el retorno de una mujer pérfida. Ella fue por su gusto siguiendo a Paris: nadie le había hecho fuerza...
           
Corifeo.–– Dulcemente ríes ante los infortunios familiares. Un canto cantas profetizando un hecho que tú misma ignoras si llegará a ser cierto.
Taltibio.–– Si Apolo no hubiera trastornado tu mente, no lanzarías funestas predicciones contra mis jefes del ejército. Pero lo miro claro: los grandes de la tierra en nada superan a la miseria que tenemos los de abajo. ¡El que es supremo jefe de la confederación de todos los griegos, está perdido de amores por esta loca ilusa! Soy pobre, pero jamás la hubiera aceptado como consorte!
Casandra.–– ¡Siervo infeliz!... Has dicho que mi madre ha de ir a esclavizarse en los palacios de Ulises. Y Apolo me lo  ha dicho: aquí tiene que morir. ¿No das crédito al dios? ¡Tan feo es lo que sigue que no lo diré!
            Y en cuanto a Ulises, ¡Ay, infeliz! Ignora los infortunios que le aguardan. Cuando los tenga encima juzgará cual oro mis propios infortunios y los de los troyanos. Diez años más de los que aquí pasó han de correr antes de que a su casa llegue. Diez años de amarguras.
            Llévame ya pronto; quiero ya unirme en el Hades con mi esposo prometido.
¡Adiós, madre mía; no llores más! ¡Amada tierra patria, y vosotros, hermanos, que yacéis bajo tierra y tú, padre, que nos diste vida; no tardaréis por mucho tiempo en mi espera; voy a ir hacia los muertos portando la victoria, tras arrasar la casa de los Átridas por cuya obra hemos perecido nosotros!

Sale Casandra con Taltibio y los guardias. Hécuba se derrumba sobre la tierra.

Corifeo.–– ¡Guardianas de la anciana Hécuba! ¿No veis cómo ha caído sin una palabra? ¡Vuestra reina por tierra! ¡Levantadla; no séais cobardes, levantad a la reina caída!
Hécuba.–– (a las que intentan levantarla) ¡Dejadme así! ¡Dejadme así caída! Es la postura que me imponen mis desgracias.
            ¡Oh, dioses! Aunque adversos y hostiles, hay que invocar a los dioses, cuando nos rinde el infausto destino.
            Reina fui yo y me desposé con un rey. De él tuve hijos en todo excelentes; ¡e hijos como éstos yo los vi ir pereciendo al filo de las lanzas de los griegos!
            Mis hijas, las doncellas que yo fui criando con esmero para que fueran gala y gozo de esposos dignos, a manos muy ajenas fueron a dar. Y ahora el colmo de males: yo tengo que ir a la Hélade en calidad de esclava.
            Todo, porque Helena quiso prohibidas bodas.
            ¡Para qué, entonces, queréis ponerme en pie? ¿Para cuál esperanza?
Coro.–– ¡Oh, Musa, canta a Ilión: eleva entre lágrimas un canto nuevo: un canto para los muertos.
            Hablaré de ese carro misterioso de cuatro ruedas; entró y me destruyó. Ese me hizo esclava de los griegos.
            Lo pusieron en la puerta los aqueos, cual ofrenda; rompió su cobertura con gran estruendo que al cielo llegaba: saltaron los guerreros guarnecidos con corazas de oro.
            Se alzó un solo grito en la ciudad. Vieron el artefacto y empezó el azote.
            Estalló repentino un clamor de muerte.
            Los niñitos sin habla transidos de espanto, aferraban las ropas de sus madres. Era que Ares dejaba el embozo y se ponía a la lucha, auxiliado por Palas.
Fue cuando sobrevino el negro fin: junto a las aras fueron cayendo los troyanos.
Fue cuando sobrevino el negro fin.
Fue cuando sobrevino el negro fin.
Fue cuando sobrevino el negro fin.

Al terminar el coro entran Andrómaca y su hijo Astianacte, conducidos por soldados que llevan los despojos, entre ellos el escudo de Héctor.

Corifeo.–– ¡Hécuba, mira a Andrómaca! ¡Junto a ella con amante brazo aprieta a Astianacte, el brote de Héctor...!
            ¿A dónde vas, esposa sin fortuna,  junto a las armas de Héctor?
Andrómaca.–– ¡Los argivos dominadores me conducen.
Hécuba.–– ¡Ay de mí!
Andrómaca.–– ¿Por qué te afliges y me lamentas?
Hécuba.–– ¡Ay, ay!
Andrómaca.–– ¡Me duelo de mis males!
Hécuba.–– ¡Ah, Zeus!
Andrómaca.–– ¡Mi destino sin igual!
Hécuba.–– ¡Mis hijos!
Andrómaca.–– ¡Lo fuimos; ya no lo somos!
Coro.–– Acabó la dicha; Ilión quedó deshecha!
Andrómaca.–– ¡Infortunio!
Hécuba.–– ¡Se agotó mi progenie! ¡Trágico fin!
Andrómaca.–– ¡Ay, mi ciudad!
Hécuba.–– ¡Humeante está!
Andrómaca.–– ¡Oh, madre del guerrero valiente que en otros tiempos abatió tantos griegos... madre de Héctor!... Vamos aquí, yo con mi hijo; ambos fruto del botín guerrero. Nobles nacimos; hoy somos esclavos.
Hécuba.–– ¡Tremendo es el destino: ¿Quién puede oponerse? ¡Hace un momento me arrancaron a mi hija Casandra!
Andrómaca.–– ¡Ay! ¿Sería otro Áyax que se presenta a tu hija? Y no es el único mal; otros te agobian.
Hécuba.–– Y medida no tienen, ni número tampoco.
Andrómaca.–– Tu hija Polixena fue muerta junto a la tumba de Aquiles. Ofrenda a un muerto que no tiene vida.
Hécuba.–– ¡Ay, infeliz...! ¿Con que ese fue el enigma que me anunció Taltibio entre misterios? ¡Claro lo veo ahora!
Andrómaca.–– Yo la vi y corrí para cubrirla con un peplo y llorar sobre ella; estaba muerta.
Hécuba.–– ¡Hija, hija mía... impío asesinato! ¡Mil veces ay! ¡Al fin has muerto!
Andrómaca.–– Murió como murió. No hay más. Pero para ella la muerte es más grata que para mí la vida.
Hécuba.–– Hija no; no es lo mismo estar muerto que gozar la vida. Muerte es la nada; vida, la esperanza.
Andrómaca.–– Madre, aunque ya no des a luz! ¡Qué palabras tan bellas! Oye, ahora las mías. Algún consuelo pondrán en tu alma.
            Pienso que el que no vino al mundo es igual al que muere. Y muerte vale más que penar de la vida.
            Polixena murió. Cual si no hubiera vivido. Niña, no tuvo tiempo para llorar las amarguras de esta vida... ¡Pero yo... Pero yo... ¡Ay! Escalé las cumbres de la dicha. ¿Qué me faltaba para ser feliz? Las que son dotes de una esposa recta, yo las ejercité todas. En la casa de Héctor, ¡ay, de mi Héctor!
            Dicen que es dote de una mujer casada no salir del hogar. Si va fuera, provoca el vituperio, es vista mal. Nunca busqué tal vanidad. En mi hogar recluida, nunca salía, y nunca admití a mujeres de charla y ostentación. Me bastaba mi inteligencia para regular mi conducta. Lengua callada, rostro apacible. Eso hallaba mi esposo al tornar al hogar. Supe muy bien cuándo debía ceder y cuándo alcanzar algo de él con halagos.
            Esa fue mi desgracia. Llegó la noticia al campamento de los griegos. Ya caída en el cautiverio de los vencedores, el hijo de Aquiles puso en mí los ojos y quiso hacerme suya. ¡Voy a ser una esclava en el hogar mismo del que mató a mi esposo!
            ¿Ves? La muerte de Polixena que estás llorando, no puede compararse con la desgracia mía. Todo perdí; aún aquello que dicen es consuelo de los hombres; perdí hasta la esperanza.
Coro.–– Igual es mi infortunio. Cuando tú deploras tus males, estás llorando por los míos.
Corifeo.–– Ah, pero mira... Mientras disertamos, llega el mensajero de los aqueos... ¿Qué nuevas traerá?

Llega Taltibio con hombres armados.

Taltibio.–– Andrómaca, mujer que fuiste del más valiente de los troyanos, de Héctor digo, no contra mí vayas a proferir imprecaciones... sin quererlo, tengo que ser emisario de los griegos.
Andrómaca.–– ¿Qué es? ¡Algo funesto; lo dice tu proemio!
Taltibio.–– Mandan que tu hijo... ¿Cómo decir lo demás?
Andrómaca.–– ¿Va a ser de un amo diferente del mío?
Taltibio.–– Nadie entre los aqueos va a tener en él dominio.
Andrómaca.–– ¿Van a dejar sin amo al único resto de los troyanos?
Taltibio.–– No sé en qué forma te diga la desdicha para ti inminente.
Andrómaca.–– Alabo tu pudor, menos cuando hablas de desdicha.
Taltibio.–– Van a matar a tu hijo; tal es la gran desgracia.
Andrómaca.–– ¿Qué oigo? ¡Mayor mal que mi nueva boda!
Taltibio.–– Venció Ulises entre los griegos confederados. Dijo...
Andrómaca.–– ¡Mal sobre mal sobre mí ha caído!
Taltibio. -–que no había que dejar que se criara el hijo de tan valiente padre.
Andrómaca. --¡Que suerte igual caiga sobre sus hijos!
Taltibio. -–Y será precipitado de las torres de Troya.
            Sufre con noble pecho tus desgracias. No resistas. Si algo dices que encolerice al ejército, ni tumba tendrá el niño.
Andrómaca. --¡Amadísimo hijo, mi única riqueza!... Vas a morir a mano de tus enemigos, vas a dejar solitaria a tu madre infeliz. ¡Mueres por la nobleza de tu padre; esa su valentía que a tantos salvaba!
            ¿Estás llorando, hijo? ¿Por qué tus manecitas se aferran a mis vestiduras, cual tierno pajarillo que a mis alas te acoges? ¡No, no ha de alzarse Héctor de las tinieblas blandiendo la gloriosa lanza para traer salvación! ¡Ya no existe la parentela de tu padre, ya no existe el poder de Troya!
            ¡Da el postrer beso a tu madre infeliz, tú, dulce niño amado! ¡Deja aspirar el aroma de tu cuerpo!
¡Griegos salvajes! ¿Por qué matar a este indefenso niño?
Y tú, Helena... ¿hija de Zéuz  tú? ¡Nunca!, lo niego. ¡Mil padres has tenido! Eres hija de la maldad, hija de la Envidia, del Crimen, de la muerte... De todos cuantos monstruos del mal ha engendrado la Tierra.
            ¡Vamos, llevadlo ya, arrastradlo, echadlo al roquedal! ¡Ah, son los dioses  los que tal ruina fallaron contra nosotros!

Taltibio toma al niño

Andrómaca (sigue)  ¡Esconded el cuerpo desdichado de esta mujer sin fortuna! ¡A bellas bodas marcho, despojada de mi hijo!

Coro. --¡Troya infeliz: a miles diste muerte y ruina, y fue por una sola mujer y una aborrecible boda!

Taltibio. --¡Vamos, niño; deja el regazo de tu doliente madre!
Tomadlo ya... Menester es, para cumplir este cometido, ser un desvergonzado y sin entrañas, sin sentimientos... ¡Yo no soy así!

Salen Taltibio y los soldados llevando al niño

Hécuba. --¡Hijo, hijo de mi hijo infortunado! Tu madre y yo fuimos a la fuerza despojadas de tu vida.

Vuelve a caer por tierra.
Llega Menelao con sus soldados.

Menelao. --¡Vibrante cual cabellera tu luz reluce, oh Helios! ¡Hoy más que nunca, porque mi esposa Helena vuelve a mis manos! Yo soy Menelao, que tantos males arrostró, y éste es el ejército de los aqueos.
Piensan que por una mujer solamente vine a Troya. No fue por eso; fue por alcanzar a un hombre que, pérfido a la santa hospitalidad, del palacio mío arrebató a mi esposa.
Él ya pagó, con la asistencia de los dioses, la pena merecida y cayó bajo el filo de las lanzas griegas. Y a esa mujer de Esparta —no la llamaré esposa— vengo a llevarla.
Que está, dicen, en las tiendas de las cautivas, confundida con ellas como si fuera troyana. Aquellos que lucharon tanto para recobrarla la han dejado a mi arbitrio para que yo la atraviese con mi lanza, o para que me la lleve a Argos.
No decidiré en Troya la suerte que toque a Helena. A fuerza de remos nos llevarán a tierra griega. Mandaré allí que la maten. Será la venganza por mis amigos que sucumbieron junto a Ilión.
¡Vamos, servidores míos, apoderaos de ella; no importa que sea arrastrada por su profanada cabellera! Y ya, con favorable viento, haremos que ella regrese a Grecia!

Hécuba. --¡Oh, Zeuz! ¿Eres la fuerza en la naturaleza? ¿Eres una pura concepción de los hombres? ¡Yo no lo sé! Me rindo ante ti y te adoro.
Menelao. --¿Qué es? ¡Con voces nuevas a los dioses clamas!
Hécuba. –-Te alabo, Menelao, si matas a tu esposa. Pero si la ves… ¡huye! Es amor y el deseo pueden cegarte. Es la que cautiva los ojos de los hombres; ¡tan seductora es! ¡Bien la conozco, para mi desdicha!

Los guardias de Menelao sacan a Helena de la tienda

Helena. -–Hace temblar el proemio de tus hechos, oh Menelao. Me echan manos encima y por fuerza me traen tus criados. Bien entiendo. Soy aborrecible... pero quiero preguntar aún: ¿qué sentencia habéis dado en mi vida, tú y los otros griegos?
Menelao. --¿Un juicio para ti? ¡No lo mereces! Todo el ejército te odia; te han entregado a mí para que yo te mate.
Helena. –-¿Puedo contestar a tus palabras? ¿Puedo mostrar que si muero, moriré injustamente?
Menelao. –-No vine a discutir; vine a matar.
Hécuba. –-Oye a esa, Menelao; no la mates sin defensa. Y a mí me dejas, si te place, la réplica a lo que va a decir.
Menelao. --¡Que hable, si quiere hablar! Y esto lo hago por ti (a Hécuba); no se crea ella que le concedo derecho a hacerlo.
Helena. -–Antes que todo, principio de mis males, es ésta (señalando a Hécuba), la que dio a luz a Paris.
Ante tres diosas, Paris fue juez. Palas le prometía que conquistaría Grecia. Hera le dio ser rey de Asia y conquistador de los confines de Europa, si daba en su favor el fallo. Cipris no dio tales promesas: ponderó la belleza de mi cuerpo; le dijo que me había de entregar a él, si la prefería a las otras diosas en el juicio sobre la belleza.
Y ahora reflexiona en lo que siguió a esto: triunfó Cipris y me dio a Paris, y mi unión a él dio grandeza a los de la Hélade. Esa ventura fue de toda Grecia y fue la ruina mía. Mi belleza me arruinó. Y lo que fuera un mérito, resultó para mí una afrenta. Merecería yo una corona, pero me dieron maldición de infamia.
¡Ya sé que dirás que yo diga la razón por qué huí del hogar conyugal! Una diosa intervino; pero fuiste culpable. ¡Hombre eres, y no lo pareces...! ¿Por qué al emprender tu travesía de Esparta a Creta, dejaste en mi hogar ...a Paris?
¿Con qué razón hoy, esposo, puedes con justicia hacer que yo muera? ¡Me forzaron a hacer esta boda; y sea lo que haya sido lo que dio a la casa, a mí me hizo una mísera sierva!
Corifeo. –-Reina, tú ahora habla en defensa de la patria y de tus hijos. Echa por tierra las argucias de su alegato. ¡No se puede negar que ella habla muy bien, a pesar de ser una malvada!
Hécuba. –-Voy, primero, a hablar de las diosas y a hacer ver que ésta miente. ¿Una diosa cual Hera, iba a tener el anhelo de ser la más hermosa? ¿Es que buscaba, acaso, tener un esposo que superara a Zeuz, que es el suyo? Y luego Atenea... ¿Tenía que andar buscando un marido entre los dioses si obtuvo de su padre el permiso de permanecer virgen?
¡Ah, Helena, no seas insensata!... Ningún hombre en su juicio podrá creerlo.
Lo que pasó, es que viste a mi hijo ataviado con galas extrañas a las de tu país, todo resplandeciente de oro, y se te fue el alma en ansias de placer.
Y pensaste que al dejar Esparta hallarías en Troya una opulencia que no podría ofrecerte Menelao.
¡Vaya! ¿Con que por fuerza te arrebató mi hijo? ¿Hay habitante de Esparta que lo atestigüe? ¿No podías dar clamores? Y allí estaban Cástor y Pólux, tus hermanos en plena juventud, que aún no habían sido transformados en estrellas...
Yo por mi parte, muchas veces te dije: “hija, vete”. Yo misma facilité tu huida en una nave.
¡Merecerías que te escupieran la cara!
Debías presentarte con ademán de humillación, con ropajes muy pobres, harapos si es posible; temblando de pavor con la cabeza raída al rape... ¡Desvergüenza no; modestia es lo que te conviene!
Oh, Menelao, debes matar a esta mujer como lo pide tu decoro y dando a todos esta norma: mujer que traiciona a su marido, sufra la muerte.
Corifeo. –-Menelao, obra digno de tus ancestros; castiga a tu mujer. Que no tenga Grecia razón de acusarte de cobardía.
Menelao. –-Acorde estoy con tus palabras. Buscando extraño tálamo dejó por su gusto el hogar. Mezclar a Cipris en el asunto es necedad suya.
Vamos, vete a donde te aguardan los que han de apedrearte. Ve a morir, para que sepas cómo no debieras haberme deshonrado.

Helena cae por tierra arrodillada ante Menelao.

Helena. --¡A tus rodillas me abrazo; no me eches en cara ese crimen; yo no soy culpable. ¡Viene de los dioses! ¡No me mates; perdóname!
Hécuba. -–No la perdones; piensa en no traicionar a tus aliados muertos por causa de ella!  ¡Por ellos, por mis hijos, te lo ruego!
Menelao. –Deja, Hécuba, para ésta no tengo miramientos. Mando que mis siervos la lleven a bordo de una nave; tendrá que ir por los mares.
Los soldados se llevan a Helena.
Hécuba. –¡Pero en tu nave no!
Menelao. –¿Qué? ¿Tiene más peso ahora que el que tuvo?
Hécuba. –¡No hay amante de un día que no siga amando siempre!
Menelao. –Depende del amor con que fue correspondido… Pero haré lo que quieres. No irá en la nave en que nosotros vamos. No está mal lo que dices… Malvada fue, malvada muerte tenga. Y ha de poner la muestra a las mujeres todas de lo que es ser honesto. No es fácil, por cierto. Pero su suplicio impondrá terror a las de su impúdica raza, por muy malas y pérfidas que sean.

Sale Menelao con sus soldados. Hécuba cae de nuevo en tierra.

Coro. –Cuando la nave que lleva a Menelao vaya cruzando el mar profundo, hagan los dioses que arda, entre el mar encerrado en ese estrecho, y presa sea del rayo que calcina, en tanto que navego hacia Grecia, hecha una esclava ya.

Viene Taltibio con soldados. Traen el cadáver de Astianacte y el gran escudo de Héctor.

Corifeo. –¡Ay, ay… golpe tras golpe; nueva herida a otra herida caen sobre una tierra que avasalló el infortunio!... ¡Ved, esposas de los troyanos, ved… traen a Astianacte muerto. Lo arrojaron desde el torreón como se lanza un disco, por orden de los dánaos, y nos traen ahora su cadáver.

Taltibio. –Hécuba, un solo barco queda en la playa. El del hijo de Aquiles. Neoptolomeo. Va con él Andrómaca. ¡Cuánto me hizo llorar cuando dejaba este suelo llorando. Pidió licencia de dar sepultura al hijo de Héctor. Pidió también el escudo que era espanto de los aqueos. Rogaba ella que en lugar de un féretro se enterrara al niño en el escudo.
La madre se fue. No pudo oponerse a la prisa de su nuevo esposo. Tú ataviarás el cuerpo. Ya te libré de una pena; cuando iba cruzando el río Escamandro, yo mismo bañé su cuerpo y lavé sus heridas. Y ahora vamos a abrir su fosa en que repose.

Se van Taltibio y los solddos hacia un extremo de la escena.

Hécuba. –¡Si ese es el escudo redondo de mi Héctor; dolor y dicha a un tiempo es contemplarlo!
Pero, ¿qué nuevo crimen fue éste? ¿Por temor asesinar a un pobre niño? ¿Qué era lo que temían? ¿Qué alguna vez pudiera hacer resurgir a Troya. Pero al fin sucumbimos. La ciudad cayó muerta… ¿Y ahora temías a un niño?
¡Pobre cuerpo infantil deshecho, yo te llevo a la tumba! ¿De qué sirvió mi anhelo de acariciarte? ¿De qué mis besos que te halagaban?
¿Qué me dejó la suerte para darte, niño infeliz? ¡Nada me queda!
Vano y loco es el hombre que en la dicha se deleita, creyendo que es segura.

Se acercan las mujeres y traen algunas prendas de amortajamiento.

Corifeo. –En las tiendas de las cautivas pudimos hallar estos despojos de la antigua opulencia de Troya; los traen ahora para que amortajes a tu muerto.
Hécuba. –Esta ropa que te pongo sea, niño, por la ostentosa vestidura que debías haber portado en tus bodas… No hay monedas para tus ojos. (le coloca dos piedras).
Y tú, glorioso escudo triunfante, recibe al menos esta guirnalda. No morirá tu gloria, pero tú mueres, al ir como féretro de un muerto.

Coro. –¡Ay, ay! ¡Amargo lamento! Te va a acoger la tierra, hijo mío. La que sea madre, llore.
Hécuba. –Mujeres amadísimas…
Corifeo. –Hécuba, habla… ¿Qué dicen tus lamentos?
Hécuba. –Nada me vino de los dioses, si no fue tormentos. Y hay que reconocer, que si los dioses no hubieran hundido a Troya, seríamos unos infelices sin fama ni nombre.
Marchad ya, llevad ese cuerpo a una tumba sin gloria. Ya se le dieron los honores fúnebres. Aunque yo creo que los muertos no se ocupan de ricos funerales.

Salen los soldados con el cuerpo del niño puesto sobre el escudo.
Coro. –Madre, madre sin dicha!... Pero, ¿qué es? ¡Van y vienen antorchas en los muros encendidas en manos de los hombres! ¿Una nueva desgracia para Troya?

Llega Taltibio.
Taltibio. –Doy orden de prender fuego a la ciudad de Príamo.
Y vosotras, hijas de Troya, debéis ir en paso directo a las naves de los aqueos. Tal es la orden de partir.
Y tú, Hécuba, la más doliente de las mujeres todas, avanza. De orden de Ulises vendrán a buscarte.
Hécuba. –¡Desdichada soy! ¡Extremo de mis males, fin de todas las ruinas es lo que sobreviene! ¡Salgo del suelo patrio en tanto que se abrasa en llamas!
Coro. –¡La gran ciudad ya no existe entre las ciudades!
Hécuba, caída, golpea la tierra con los puños.
Hécuba. – ¡Oh, tierra nutridora de mis hijos!
Coro. –Estás llamando a los que yacen muertos.
Hécuba. –Por eso golpeo el suelo con mis manos marchitas.
Coro. –También yo me arrodillo; también aclamo a mi perdido esposo.
Hécuba. –¡Nos llevan!
Coro. –¡Dolor, dolor, pregona tu grito!
Hécuba. –Vamos a un sitio para ser esclavas.
Coro. –Lejos del suelo patrio.


Hécuba. –¡Ya, temblorosos miembros, emprended la marcha! Se inicia el viaje hacia la esclavitud de mi vida sin dicha.
Coro. –¡Ciudad infortunada! ¡Vamos, marchad hacia las naves de los griegos!

Se van yendo lentamente.










Esquilo. Los persas

Los persas

Esquilo

PERSONAJES
Coro de ancianos
Atossa
Un mensajero
La sombra de Darío
Jerjes


La escena, en Susa, delante del palacio real de Persia y la tumba de Darío


(Aparece el coro de ancianos)

Hénos aquí a los que somos llamados los fieles, entre aquellos persas que marcharon contra la Hélade; a los custodios de estos espléndidos y dorados palacios, a  quienes por la dignidad de las canas nos eligió el hijo de Darío, el mismo rey Jerjes nuestro señor, para que velásemos por su reino.
            Agitado ya el corazón salta en el pecho presagiando males sobre la vuelta del rey y de aquel su ejército que salió de aquí con dorada y magnífica pompa.
            Desampararon sus ciudades y partieron los de Susa y los de Agbatana, unos a caballo; otros en naves; y el resto, con lento caminar, a pie y en apretadas haces formando el grueso del ejército. Tales corrieron a la guerra.
            Babilonia la espléndida envía a modo de un río de innumerables hombres todos mezclados y de gente de mar, orgullosa de la fina puntería de sus flechas. Y, en fin, los pueblos todos de Asia, armados de sus mortales dagas, siguen luego bajo la venerada conducta de su rey. De esta suerte ha partido la flor de los hijos de Persia, y esta tierra de Asia, que los crió, llóralos con amor ardentísimo, y las madres y las esposas cuentan temblando los largos días de un tiempo que no se acaba jamás.

            Y el señor de la populosa Asia lanza con furia sobre el continente su prodigioso rebaño de pueblos por dos partes a la vez: por mar y por tierra.

            Él, hijo de esta raza nacida de la lluvia de oro: él, hombre igual a los mismos dioses. Fulgura en sus ojos la sombría mirada del sangriento dragón.

            Mas ¿qué mortal escapara a la engañosa astucia del destino? ¿Quién tan ligero de pies que con fácil salto salve sus redes? Muéstrase la calamidad, a lo primero, amiga de los hombres, y de allí los lleva con halagos hasta aquellos lazos de los cuales a ningún mortal le fue dado salir jamás. ¡Pensamiento que cubre mi corazón de un velo de tristeza! ¡Ay, ejército de los persas! Atorméntame el temor de que alguna vez se encuentre nuestro pueblo con que la gran ciudad de Susa quedó privada de sus hijos.

            Cual enjambre de abejas sale de enmelado panal, así los de a pie y los de a caballo, todo el pueblo partió con su rey, y pasó el marino promontorio común a entrambos continentes. Mas el lecho conyugal está empapado en lágrimas que hace derramar el amor por el ausente esposo. Las mujeres de Persia viven oprimidas de dolor agudísimo. Cada cual quedó solitaria, sin su compañía.

            Pero he ahí que viene a nosotros una luz que brilla como la mirada de los dioses: es la madre del rey, nuestra reina. Caigamos de rodillas, y saludémosla con las palabras de reverencia y acatamiento que se deben a su magestad. (Sale Atossa)
            ¡Salve, altísima señora de los persas, de rica y holgada vestidura; madre de Jerjes, esposa de Darío, salve!

Atossa
Con esa inquietud dejo mi dorada estancia y el tálamo que compartí con Darío, y vengo a vosotros. También a mí los pensamientos me atormentan el alma. Jamás me veo libre de temores. Temo que la fortuna poderosa derribe con el pie, entre nubes de polvo, la grandeza que levantó Darío, no sin ayuda del cielo.
            Desde que mi hijo, con el deseo de asolar la tierra de Jonia, dispuso su ejército y partió, mil sueños me asaltan. Mas ninguno como el de anoche. Escucha. Pareciome que se presentaban delante de mis ojos dos mujeres ricamente vestidas; venía la una en hábito persa; la otra, en el de la Doria. A cada una de ellas la suerte le había dado una patria: a la una, Grecia; a la otra, la tierra de los bárbaros. A lo que me pareció ver, armose entre ellas cierta contienda. Sábelo mi hijo; las contiene; las calma; unce a entrambas a su carro, y échales el yugo al cuello. La una, con aquellos arneses se yergue y ensancha, y mantiene su boca dócil a la rienda; pero la otra se revuelve y encabrita: destroza con sus manos todo el armazón del carro; arroja las riendas; quiebra el yugo, y con poderosa fuerza arrastra tras sí los despedazados despojos... Mi hijo cae. Acude a él Darío, doliéndose de su desgracia, y así que Jerjes le ve, desgarra las vestiduras que cubren su cuerpo.
            Cosas son éstas en verdad, para que nos aterre: a mí, el verlas; a vosotros, el oírlas.

Coro
Ni queremos, ¡oh madre!, que nuestras palabras te pongan inmoderado temor, ni tampoco que te den inconsiderada confianza. Vuélvete a los dioses con súplicas. Si viste algo adverso, pídeles que lo alejen de ti y que se cumpla lo favorable en ti y en tu hijo, y en el imperio, y en los amigos todos. Haz luego libaciones a la tierra y a los muertos, que así es debido.

Atossa
Tú eres el primero que ha interpretado mis sueños y que con amor a mi hijo y a mi casa determinas lo que se debe hacer. ¡Ojalá suceda todo cual lo deseamos! Entremos en palacio y hagamos al punto cuanto mandas en honor de los dioses y de aquellos de nuestros amigos que habitan en los senos infernales. Mas ¡oh amigos!, yo quisiera saber de vosotros dónde dicen que está asentada Atenas.

Coro
Lejos de aquí, a occidente; hacia donde se pone el sol nuestro señor.

Atossa
¿Y tanto desea mi hijo tomar esa ciudad?

Coro
Tomada, la Hélade entera quedaría sujeta al rey.

Atossa
De esa suerte, ¿abunda su ejército en soldados?

Coro
Y tales, que ya causaron muchas pérdidas a los medos.
Atossa
¿Y qué otra cosa más tienen? ¿Hay riquezas bastantes en sus casas?

Coro
Tienen una fuerte riqueza; un tesoro que la tierra les regala.

Atossa
¿Por ventura brillan en sus manos el arco y las flechas?

Coro
Jamás. Pelean con lanza, de cerca y a pie firme, y cubiertos con el escudo.

Atossa
¿Quién es su rey y el señor caudillo de su ejército?

Coro
No se dicen esclavos ni súbditos de hombre ninguno.

Atossa
¿Y cómo podrán resistir ellos la acometida de los invasores?

Coro
Como destruyeron el grande y valeroso ejército de Darío.

Atossa
¡Terrible desastre has traído a la memoria para avivar el cuidado de los padres de los que partieron!

Coro
A lo que parece pronto vas a saber toda la verdad, porque aquí llega un hombre, un correo persa; bien se le conoce. Él traerá noticias ciertas que podamos oír, de nuestra victoria o de nuestra derrota (Sale un mensajero).

Mensajero
¡Oh  ciudades todas de Asia! ¡Oh tierra de Persia! ¡Oh ancho puerto de riqueza! ¡Cómo una gran prosperidad vino al suelo de un solo golpe! ¡Cayó y pereció la flor de los persas! ¡Ay de mí, infeliz, que el primer mal es tener que anunciar males! ¡Mas es fuerza que os descubra todo el cuadro de nuestra desgracia! Persas: el ejército entero de los bárbaros ha perecido.

Coro
¡Crueles males, crueles! ¡Nuevas terribles! ¡Ay, llorad, persas que oís estas lástimas!

Mensajero
Sí; todas aquellas grandezas perecieron. Yo mismo vuelvo a ver el sol de mi patria, contra lo que esperaba.

Coro
¡Cuán larga ha sido nuestra vida para ver por fin a la vejez este inesperado desastre!

Mensajero
Presente estaba yo. No será de oídas, ¡oh persas!, como os haré la triste relación de las desventuras que nos han sobrevenido.
            Llenas están de cadáveres las costas de Salamina y todos sus alrededores; ¡de los cadáveres de quienes tan miserablemente perecieron!

Coro
¡Oh dolor! ¿Conque los cuerpos de nuestros hermanos, envueltos en las ondas, y sin vida, son arrebatdos por la corriente entre los flotantes despojos de nuestras naves?

Mensajero
De nada sirvieron las flechas. La armada entera pereció al choque poderoso de las naves enemigas.

Coro
¡Infelices! ¡Qué grito de angustia y dolor lanzarían cuando los dioses, con total perdición, lo acabaron todo!  ¡Ay, armada nuestra destruida!

Mensajero
¡Oh nombre de Salamina, a mis oídos el más odioso de todos! ¡Oh Atenas, y qué de lágrimas me hace derramar tu recuerdo!

Coro
¡Oh Atenas, funesta para tus enemigos! Harto de recordar serán tantas persas como hoy quedan sin esposos, sin padres, sin hijos; ¡y todo en vano!

Atossa
Afligida, atónita con estos males, por largo espacio no he podido romper mi silencio. Tal es nuestro infortunio, que supera mis fuerzas; ni acierto a articular palabra ni a averiguar nuestras desventuras. Necesario es, no obstante, que los mortales sobrellevemos las tribulaciones que los dioses nos envían. Recóbrate, y puesto que te haga verter lágrimas habla y explícanos todo aquel desastre. ¿Quién escapó de la muerte? ¿Tendremos que llorar que alguno de los caudillos que empuñaban regio cetro, haya dejado huérfanos a los suyos?

Mensajero
Jerjes vive, y ve la luz del día.

Atossa
Viva luz anunciaste a mi casa; día claro después de oscurísima noche.

Mensajero
Pero muchos otros quedaron muertos en las costas azotadas por las olas.

Atossa
¡Ay de mí! ¡Ay, que llegaron a mis oídos los mayores males que imaginarse pueden, la afrenta de los persas, lo que ha de ser causa tristísima de lamentos desgarradores! Pero vuelve a tu relato y dime: ¿tantas eran las naves de los helenos que así se determinaron a entrar en batalla con la armada de los persas?

Mensajero
Si en el número de naves hubiese estado, ten por seguro que los bárbaros hubiésemos llevado la mejor parte, porque todo lo que tenían los helenos eran trescientas naves; pero Jerjes contaba con mil bajo su mando.
            Sin duda no le plugo a algún dios mantener su balanza en el fiel; cargó sus platillos con desigual fortuna, y de este modo nuestra armada quedó destruida. Los dioses protegen la ciudad de la diosa Palas.

Atossa
Pues cómo, ¿aún permanece en pie la ciudad de Atenas?

Mensajero
Es inexpugnable muralla el pecho de los que se defienden como hombres.

Atossa
Mas dime: ¿de qué manera se empeñó la batalla? ¿Quiénes fueron los primeros en acometer? ¿Acaso los helenos, o fue mi hijo, ensoberbecido con la multitud de sus naves?

Mensajero
¡Oh reina, algún dios vengador, algún mal genio venido de no sé dónde fue, a no dudar, el principio de toda nuestra desgracia! Un heleno de la armada de Atenas vino diciendo a tu hijo Jerjes cómo así que cerracen las negras sombras de la noche, los helenos no permanecerían en sus puestos, sino que saltando presurosos a los bancos de las naves, cada cual por su lado intentaría salvar la vida con callada y secreta fuga.
            Él que lo oyó, no recelando engaño en el heleno ni malquerencia en los dioses, luego al punto ordena a todos los capitanes de nave que tan pronto como el sol deje de enviar sus rayos sobre la tierra y la oscuridad se enseñoree del dilatado templo del éter, que dispongan las más de sus numerosas naves en tres órdenes, para guardar los pasos y rutas de aquellos mares, y otras formadas en círculo todo alrededor de la isla de Áyax.
            Ignoraba lo que había de venirle de parte de los dioses. La armada sin desorden y con obediente disciplina, se prepara. Luego que se puso el sol y vino la noche, remeros y soldados, todos en sus naves, ocupan sus puestos.
            Mas apenas el luciente día, conducido por sus blancos caballos, entró señoréandose de toda la tierra, cuando de la parte de los helenos levantose grande y regocijado clamor a modo de músico canto. Entró el pavor en los bárbaros, engañados en sus juicios: que no cantaban entonces los helenos aquel sagrado peán como para huir, sino arrojándose a la pelea con animoso aliento.
            Pronto una nave clava su broncíneo espolón en una nave nuestra; era una nave helena que había comenzado el abordaje, y que hizo pedazos todo el aparejo de un bajel fenicio. Lánzase la una escuadra contra la otra. A lo primero, el torrente de naves de Persia resiste la arremetida, mas así que aquella multitud de barcos se vio apretada en una angostura donde no se podían valer los unos a los otros, ellos mismos se herían con sus espolones de cobre y quebraban andanas enteras de remos. Las naves helenas, no sin buena dirección, acometieron entonces en redondo y comenzaron a herir por todas partes; nuestros bajeles volvieron las quillas y ya no se veía el mar, lleno todo él como estaba de navales despojos y de cuerpos ensangrentados.
            Cada barco de cuantos habían perteneceido a la poderosa armada bárbara, vira de popa y pónese en desordenada fuga, y los vencedores, como a redada de atunes o de otros cualesquiera peces, con pedazos de remos y restos de tablas nos hieren y destrozan. El ancho mar se llena por todas partes de lamentos y gemidos, hasta que por fin asoma la noche su negra faz y nos arranca de manos de los helenos.
            Los cielos dieron a la armada helena la gloria del combate, y aquel mismo día, cubiertos con sus broncíneas armaduras, saltan de sus naves los vencedores, rodean la isla, y los persas no saben ya hacia dónde volverse.
            Échanse todos de golpe sobre los persas y cortan y degüellan y hacen cuartos a los infelices, hasta que no quedó con vida ni uno solo. Jerjes, que vio aquel océano de desastres, lanzó un ¡ay! lastimero. Porque tenía su trono en una elevada colina cerca del mar, desde la cual atalayaba todo el campo. Rasga sus vestiduras; rompe en agudos gemidos; manda que al punto marche en retirada el ejército de tierra, y él mismo se pone en desordenada fuga.

Atossa
¡Oh fortuna cruel, y cómo burlaste los pensamientos de los persas! ¡Amarga venganza tomó mi hijo de la famosa Atenas! No fueron bastantes los bárbaros que en otro tiempo perecieron en Maratón, sino que imaginándose tomar el desquite, había de traer mi hijo sobre sí tanta infinidad de daños! Pero, dime tú: ¿quiénes han escapado de la pérdida de la armada? ¿Dónde los dejaste? ¿No pudieras decirme algo cierto de ellos?

Mensajero
Los capitanes de los bajeles que aún quedaban diéronse a huir siguiendo el viento, desordenados y en tumulto. En cuanto al ejército de tierra que se había salvado, parte perecieron en Beocia ahogados de sed junto a las mismas codiciadas y reparadoras fuentes.
            Ésta es la verdad de lo sucedido; mas he pasado por alto en mi relación muchos de los males con que el cielo afligió a los persas.

Atossa
¡Ay, desdichada de mí, que ha sido aniquilado el ejército! ¡Oh clara visión de mis sueños, y con qué verdad me revelabas estos males! Bien conozco que esto es ya sucedido y sin remedio, mas oremos porque en lo venidero acontezca algo que sea más favorable. A vosotros toca ahora aconsejar a los amigos según pide una amistad verdadera. Consoldad a mi hijo, si llegare aquí antes que yo; acompañadle a casa, no sea que por ventura añada él un nuevo mal a los males ya sufridos (Vase).

Coro
¡Oh Zeus soberano! ¡Hoy destruiste aquel soberbio y numeroso ejército de los persas, y cubriste de negro luto las ciudades de Susa y Agbatana! ¡Qué de madres comparten su dolor, y rasgan sus velos con sus débiles manos, y bañan su pecho con torrentes de lágrimas!
            Asia entera gime hoy al verse sin sus hijos. Jerjes los llevó, ¡oh dolor!, ¡oh dolor! Jerjes los perdió, Jerjes lo entregó todo imprudentemente a las naves que caminan merced de las olas. (Regresa Atossa)

Atossa
Amigos, el que ha pasado por males sabe bien que cuando viene sobre el hombre la tormenta del infortunio, de todo se aterra.
            Vengo a traerle al padre de mi hijo las ofrendas propiciatorias que aplacan los manes de los muertos: la blanca y sabrosa leche de una ternera que nunca sufrió el yugo; la transparente miel, dulce humor que hurta a las flores la abeja laboriosa; las limpias aguas de una cristalina fuente con el puro licor que se engendra en el agrio seno del pesado racimo, gloria de la vid añosa, sin que falte el odorífero fruto del oscuro olivo cuyas ramas ostentan el verdor perenne de una perpetua vida, ni entretejidas flores, hijas de la omnifecunda tierra. Conque, ¡oh amigos!, acompañad con himnos mis ofrendas a los muertos; evocad al divino Darío; que yo voy a derramar en honor de los dioses infernales estas libaciones que la tierra beberá bien pronto.

Coro
¡Oh reina!, honor de los persas: haz tú llegar esas libaciones a las oscuras moradas subterráneas, que nosotros pediremos con himnos que nos sean propicios los dioses que acompañan a los muertos hasta el seno de la tierra. Ea, pues, sagradas deidades infernales; Tierra, Hermes, y tú, rey de los infiernos, restituid el ánimo de Darío, de las tinieblas de esa mansión, a la luz del día; que si es que aún hay remedio para nuestros infortunios, tan sólo él entre los mortales será quien lo sepa y pueda decirnos cuándo tendrá fin.
            Ven padre; ven, generoso Darío. Aparécete a nosotros, señor de señores, porque oigas nuestros presentes e inauditos infortunios. Las tinieblas de la Estigia se ciernen sobre nuestras cabezas y nos envuelven: nuestra juventud pereció toda entera. ¡Ven, padre; ven, generoso Darío! ¡Oh, tú, cuya muerte fue tan llorada de los que te amaban! ¡Oh señor, señor! ¿Cómo por dos veces pudo caer tu imperio, todo este vasto imperio que fue tuyo, en yerro tan desdichado? ¿Cómo se perdieron aquellas trirremes, aquellas nuestras naves, que ya no son sino despojos de naves, tristes y miserables despojos? (Aparécese la sombra de Darío)

La sombra de Darío
¡Oh fieles entre los fieles, y compañeros de mi juventud; ancianos persas! ¿Qué tribulación aflige a nuestra ciudad? El suelo gime y se estremece herido y golpeado. Junto a mi tumba estoy viendo a la que fue mi dulce compañera, cuyas libaciones acabo de recibir propicio, y al verla, profunda turbación se apodera de mi alma; vosotros también estáis ahí en pie enfrente de este monumento, y plañís y me evocáis con altas y lastimeras voces y gemidos, y hacéis que deje mi ánima las sombras sempiternas. Salida es ésta nada fácil, sobre todo porque los dioses infernales son mejores para apoderarse de sus súbditos que no para soltarlos. Sin embargo, al fin logré hacerme dueño de su voluntad, y heme aquí entre vosotros. Mas apresuraos, no sea que se me acuse de tardanza. ¿Qué nuevo desastre pesa hoy sobre los persas?

Coro
Turbado por el antiguo respeto, ni oso mirarte cara a cara, ni oso hablar en tu presencia.

La sombra de Darío
Pues que acudiendo a tus ayes vengo del profundo, nada de prolijas razones; dímelo todo brevemente y acaba. Depón esa reverencia que me tienes.

Coro
Temo satisfacerte; temo hablarte para haber de contar cosas tan amargas de decir a amigos.

La sombra de Darío
Ya que el antiguo respeto se te peresenta en tu ánimo, y te embarga, pero tú (A Atossa), que un día fuiste la compañera de mi lecho, noble esposa, da tregua al llanto y a los gemidos y dime: ¿qué sucede? Habla sin rebozo.

Atossa
¡Oh tú, cuya venturosa fortuna superó la prosperidad de todos los hombres, pues mientras viste la luz del sol pasaste los serenos años de tu vida en felicidad enviadiable, siendo como un dios para los persas! Ahora también te digo dichoso, que moriste antes de ver el abismo de nuestros infortunios. Oye en breves razones todo lo sucedido. Para decirlo con una sola palabra: pereció el poderío de los persas.

La sombra de Darío
¿Y de qué modo? ¿Ha sido el azote de la peste? ¿Ha sido la discordia, quien ha destruido el reino?

Atossa
Nada menos que eso, sino que todo nuestro ejército quedó exterminado cerca de Atenas.


La sombra de Darío
¿Y cuál de mis hijos fue el que llevó allí sus armas?, dime.

Atossa
El impetuoso Jerjes, que despobló todas las dilatadas llanuras del continente de Asia.

La sombra de Darío
¿Y cómo se aventuró el desdichado en ese necio intento: por tierra o por mar?

Atossa
Por mar y por tierra. Dos ejércitos formaban la expedición; dos frentes presentaban al enemigo.

La sombra de Darío
Pero ¿de qué manera la gente de a pie pudo llevar a cabo la travesía de piélago tan dilatado y profundo?

Atossa
Uniendo Jerjes con cierto artificio entrambas orillas del estrecho del Bósforo, a fin de tener un paso para el ejército.

La sombra de Darío
¡Y tal puso por obra para cerrar el ancho Bósforo!

Atossa
Así fue. Algún dios sin duda le ayudó en esta resolución.

La sombra de Darío
¡Ah!, algún dios enemigo y poderoso vino a trastornar su mente.

Atossa
A la vista está el desastroso fin que todo ello tuvo, y qué de males nos ha traído.

La sombra de Darío
Mas acaba: ¿qué desastre les ha sucedido para que así los lloréis?

Atossa
Rota y deshecha la armada, acarreó la perdición del ejército de tierra.

La sombra de Darío
¿De ese  modo, pues, todo nuestro pueblo ha sido completamente exterminado por el hierro enemigo?

Atossa
Sí, como que hoy llora desierta la ciudad de Susa la pérdida de todos sus defensores.

La sombra de Darío
¡Oh, infeliz, y qué vigorosos y valientes auxiliares ha perdido!

Atossa
Dicen que tan sólo Jerjes, abandonado de todas sus tropas y con no muchos de los suyos...

La sombra de Darío
Llegó al fin a ponerse a salvo? ¿Cómo? ¿Adónde? ¿Se ha salvado?

Atossa
Dándose por muy contento, llegó al puente que unía a entrambas regiones.

La sombra de Darío
¿Y dicen si está ya a salvo en nuestra tierra? ¿Y es esto verdad?

Atossa
Sí, cierto. Es voz enteramente confirmada, y sobre la cual no hay discrepancia alguna.

La sombra de Darío
¡Ay! ¡Cuán pronto vino el cumplimiento de los oráculos! En mi hijo ha hecho Zeus que se ejecuten los divinos anuncios. Imaginábame yo que los dioses habían de tardar largo tiempo en llevarlos a cabo; pero cuando el hombre corre desatentado a su destino, hasta el cielo se junta con él y le ayuda a despeñarse. Ya brotó para los nuestros la fuente de todos sus infortunios, y mi hijo ha sido quien la ha hecho brotar con su inconsiderada y juvenil audacia.
            ¿Cómo pudo ser, para hacer tal, que la demencia no se hubiese apoderado de mi hijo?

Atossa
Tal fue la enseñanza que sacó el arrebatado Jerjes de comunicar con hombres funestos. Decíanle que tú habías ganado con tu lanza grandes riquezas para tus hijos, mientras que él, con flojedad de ánimo, reducíase a jugar de lanza en su palacio, sin aumentar nada la herencia de su padre. De continuo estaba oyendo oprobios como éstos de boca de aquellos malvados, y al fin determinó mover su ejército y llevarle contra la Hélade.

La sombra de Darío
¡Grandísima hazaña en verdad la de ellos y por siempre memorable! ¡Calamidad que ha desolado a la ciudad de Susa, como ninguna de cuantas cayeron sobre ella desde que Zeus todo-poderoso quiso conceder a un solo hombre el honor de imperar sobre toda la rica Asia, empuñando el cetro real!

Coro
Y, en fin, ¿qué determinas? ¡Oh Darío: oh señor! Después de lo que ha sucedido, ¿cómo haremos aún para que el pueblo persa vuelva a su antigua gloria?

La sombra de Darío
Jamás llevéis vuestras armas contra los helenos, así fuesen más poderosas que el ejército de Jerjes, porque hasta la tierra misma pelea por ellos.

Coro
¿Cómo has dicho? ¿Qué pelea por ellos...? ¿De qué suerte?

La sombra de Darío
Matando de hambre a los ejércitos más grandes y poderosos.
            Yo vuelvo a las tinieblas habitadoras del profundo. Y vosotros, ancianos, salud, y aun en los males mismos, dad el alma a la alegría, mientras el día luzca para vosotros; que las riquezas de nada aprovechan a los muertos. (Húndese la sombra de Darío)

Coro
Lleno de dolor he oído los muchos desastres que hoy aflijen a los bárbaros y los que han de sobrevenir aún.

Atossa
¡Oh Fortuna, y cuántos dolores me asaltan, y qué crueles! Y lo que me hiere más es oir la fealdad e ignominia con que viene mi hijo, hechas harapos sus magníficas vestiduras. Corro a mi estancia: tomaré cuanto sea menester para su remedio y regalo, y me daré prisa a salirle al encuentro. No abandonemos en la desgracia lo que más amamos en el mundo. (Vase)

Coro
¡Oh dolor! ¡Qué poderosa y feliz y bien gobernada vivía nuestra república cuando imperaba aquel anciano generoso que a todo acudía, el invencible Darío, aquel rey sin igual en grandeza a los  mismos dioses! Entonces brillábamos por la gloria de nuestras armas y las leyes gobernaban nuestras bien defendidas ciudades, y de retorno de nuestras guerreras empresas veníamos otra vez sanos y salvos, y trayendo la victoria a nuestros hogares.
            Pero ahora trocaron los dioses la suerte de las armas. Obra de ellos es sin duda este desastre que hemos sufrido, quedando rotos y deshechos en una batalla naval. (Sale Jerjes solo, con los vestidos desgarrados y en desorden. Trae el carcaj, sin flechas)

Jerjes
¡Ay, infeliz de mí! ¡Y qué triste suerte alcancé, como nunca podía esperarla! ¡Con qué crueldad se ha ensañado la fortuna en la nación persa! ¿Qué haré? ¡Miserable! Mi cuerpo desfallece; me faltan las fuerzas al contemplar a estos ancianos. ¡Oh Zeus! ¡Ojalá que con aquellos esforzados varones que perecieron, a mí también me hubieses sepultado en las sombras fatales de la muerte!

Coro
¡Ay, oh rey! ¡Ay de nuestro valeroso ejército. La patria llora a aquella juventud que nació en su suelo, y a la cual Jerjes ha llevado a la muerte, llenando con ella las profundas mansiones del Ades. ¡Qué multitud de guerreros, la flor de esta tierra, los de temible arco, han descendido a aquel imperio tenebroso! Toda una generación entera de miles de miles de hombres que ha perecido. ¡Ay, ejército insigne! ¡Cayó miserablemente la nación reina de Asia!

Jerjes
¡Héme aquí; yo soy el miserable, el digno de ser lamentado por toda mi raza; yo, que nací para ruina de la tierra de mis padres!

Coro
Y éstas serán las aclamaciones con que salude y celebre tu vuelta; tristes voces, doloridos lamentos, el lacrimoso y funerario cántico.

Jerjes
¡Dejad salir las lágrimas, los ayes y los gemidos, porque ya estáis viendo cómo se ha mudado la fortuna, y cómo se ha vuelto contra mí!

Coro
Sí; yo dejaré que salgan mis quejas y mis ayes; yo rendiré tributo de duelo y de plañidos a las desgracias de nuestro pueblo; a esa tremenda calamidad que ha sepultado en las ondas a toda una generación que ahora está llorando la patria. Yo clamaré una vez y otra con doloridas y lacrimosas voces.

Jerjes
Golpe es el que nos ha herido cual los que la fortuna suele dar en la vida.
            ¿Ves lo que me resta de todos mis arreos y pompa militar?

Coro
¡Lo veo, lo veo!

Jerjes
Este carcaj...

Coro
¿Qué es lo que dices que has salvado?

Jerjes
Este carcaj donde guardo mis flechas.

Coro
¡Miserable resto de tesoros tan ricos!

Jerjes
Hemos perdido todos nuestros defensores.

Coro
¡No huye del combate el pueblo jonio!

Jerjes
Es un valerosísimo pueblo. ¡No me esperaba yo la derrota que he presenciado.
            Vedme sin ninguno de los que me escoltaban.
 
Coro
¡Oh desdichas, desdichas!

Jerjes
Mésate la blanca barba.

Coro
¡Con toda mi fuerza, con toda mi fuerza! ¡Oh miserabilísima desventura!

Jerjes
Lanza agudos ayes.

Coro
Así haré.

Jerjes
Báñense en lágrimas tus ojos.

Coro
¡Sí que me deshago en lágrimas!

Jerjes
Responde a mis clamores con tus clamores.
            Vuelve a tus hogares llorando nuestra ruina.

Coro
¡Oh patria mía de Persia; lanza un ay de dolor!

Jerjes
Sí; resuene en toda la ciudad.

Coro
¡Oh patria mía de Persia; lanza un ay de dolor!

Jerjes
¡Ay, trirremes mías! ¡Ay armada mía destrozada!

Coro
Yo te seguiré con doloridos ayes.



La batalla del 5 de mayo. Guión

        La batalla del 5 de mayo de 1862 (guión)


Personajes
narrador rojo
narraador azul
narrador amarillo
presidente Benito Juárez
General Ignacio Zaragoza
General Charles de Lorencez
ministros de Juárez
Ejército mexicano
Ejército francés


La escena, a los pies de los fuertes de Loreto y Guadalupe. Al fondo, la Catedral de Puebla. Más lejos, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl.


Rojo
Desde que inició la Guerra de Independencia, en 1810, nuestro país se vio envuelto en guerras.
Desgastado el erario, exhausto el tesoro público, en 1862 el presidente Benito Juárez se vio obligado a declarar una “moratoria de la deuda externa”.

Azul
Mientras, desde meses atrás, un grupo de políticos conservadores andaba por Europa intrigando para conseguir que interviniera algún gobierno extranjero para derrocar al gobierno republicano de Juárez.

Amarillo
El emperador francés, Napoleón III, sobrino del gran Napoleón Bonaparte, escuchó los cantos de las sirenas conservadoras, y convenció al príncipe austriaco Maximiliano para apoderarse del gobierno de México. Para ello mandó por delante a 5 mil soldados del ejército francés, reconocido como la maquinaria de guerra más poderosa del momento.

Azul
El gobierno francés tomó como pretexto la moratoria del pago de la deuda para invadir México. Convenció a Inglaterra y España de tomar Veracruz y cobrarse “a lo chino”. Llegan en febrero de 1862.

Rojo
Barcos de los tres países llegaron al Golfo de México y desembarcaron en el puerto jarocho. Benito Juárez mandó a sus diplomáticos a negociar. Inglaterra y España aceptaron las nuevas condiciones y se retiraron. Pero Francia no quería cobrar su deuda, sino apoderarse del país.

Amarillo
Los mexicanos conservadores  (traidores)  habían asegurado a los invasores que todos en el país odiaban al gobierno liberal de Juárez, y que al avanzar tierra adentro, “en lugar de enemigos encontrarían auxiliares entusiastas, que llevarían entre aplausos a las tropas invasoras hasta la capital de la República”.

Rojo
El general francés, Charles Lorencez, decidió avanzar hacia Orizaba.

Amarillo
Dando muestra de creerse muy superior, Lorencez mandó una carta el 26 de abril al emperador Napoleón III, desde Orizaba:

Lorencez
“Tenemos sobre los mexicanos tal superioridad de raza, de organización, de disciplina, de moralidad, que suplico decir al emperador que desde ahora, a la cabeza de sus 6 mil soldados, soy dueño de México”. !!!!!

Azul
Benito Juárez, con su gabinete, espera las noticias en la Ciudad de México. (Benito Juárez, con los miembros de su gabinete, se pasea nervioso).

Amarillo
El ejército mexicano, ubicado en Puebla con la intención de defender el avance enemigo hacia la Ciudad de México, estaba al mando del general Ignacio Zaragoza.

Rojo
El 29 de abril los franceses atraviesan la sierra (Cumbres de Acultzingo) y se detienen en Cañada de Ixtapa.
            El 1° de mayo, toman San Agustín del Palmar.
            2 de mayo, Quecholac
            3 de mayo, Acatzingo
            4 de mayo, Amozoc (a 4 leguas de Puebla).

Amarillo
Les había llamado la atención que todos los pueblos estaban desiertos. La gente, en lugar de recibirlos con flores, como les habían dicho, huía. Solamente encontraban algunos indios, que a toda pregunta que se les hacía, respondían:

Azul
 “Quién sabe, señor”.

Rojo
Amozoc, desierto, cerrado. Sólo el ladrido esporádico de algún perro.

15.- La noche anterior a la batalla, Lorencez acuerda atacar no por el camino, lo que sería lógico, pues es un terreno llano. Sino que pretende avanzar por la parte abrupta: el cerro en el que se encuentran los fuertes de Guadalupe y Loreto. ?????

Amarillo y azul
¿Cuál es la razón de este movimiento ilógico?

Rojo
Al amanecer del 5 de mayo, se mueven los franceses. De Puebla se divisan las torres de la catedral. Al fondo, el Popocatépetl a la izquierda, y el  Iztaccíhuatl a la derecha.

(Los primeros en disparar son tiradores mexicanos, que accionaran sus rifles y se retiran a caballo)

Azul
A las 9 de la mañana, Lorencez dispone un alto, para tomar el café. Mientras, los ingenieros franceses preparan las obras para cruzar una barranca que está al pie del cerro. Pretenden mover por ahí a su artillería.

Amarillo
En vano Lorencez espera el entusiasmo de la Puebla antijuarista. Eso no existe, pero hace como que no se da cuenta.

(Un solo cañonazo parte del Fuerte de Guadalupe.)


Lorencez:
A formar 3 columnas de soldados:
(atravesar la barranca. La primera debe marchar paralelamente al cerro y dirigirse al fuerte.
            La segunda seguirá a la primera y oponerse en caso de algún movimiento que pretenda envolverla.
            La tercera deberá establecerse detrás y estar lista para apoyar.
            La caballería explorará los flancos y la retaguardia)

Azul
Cuando Zaragoza observa este movimiento extraño, pues esperaba a su enemigo por el camino plano, manda al general Felipe Berriozábal que refuerse al general Miguel Negrete, quien estaba al mando de la defensa de los fuertes.

Rojo
El ataque francés es infructuoso. Sus cañones tienen que disparar desde lejos, disminuyendo su puntería. Si se acercan, el cerro mismo les impide ver los fuertes.

Amarillo
Hacia las 12 del día, la batalla está en su momento ígneo. (Silbidos de balas de fusil y cañón. Los franceses utilizan revolveres de 6 tiros, el invento más moderno entonces. Los  mexicanos tienen pistolas de un solo tiro.)

(Caen franceses por todos lados. Para colmo, la primera lluvia de la temporada cae entonces: lluvia y granizo que hacen resbalar a los soldados franceses. Las fuerzas de la tierra y del cielo no están con ellos. Los combates son personales, cuerpo a cuerpo.
Hay 3 asaltos, y los 3 son rechazados)

(La caballería francesa también se tiene que retirar, atacada por los cañones mexicanos. Las defensas poblanas son insuperables.)
Azul
La batalla dura ya 4 horas.

Amarillo
El general Porfirio Díaz ataca en la llanura a los franceses. (Éstos se retiran. Díaz los persigue hasta las 7 de la noche, en que decide regresar a Puebla)

(Pausa: La batalla del 5 de mayo, canción)

Rojo
Fragmento del parte militar que Zaragoza envía al ministro de Guerra, su jefe inmediato:

Zaragoza
“El ejército francés se ha batido con mucha bizarría; su general, con torpeza en el ataque. Las armas nacionales se han cubierto de gloria... puedo afirmar con orgullo que ni un solo momento volvió la espalda al enemigo el ejército mexicano, durante la larga lucha que se sostuvo.

Azul
El Congreso mexicano declaró “beneméritos de la Patria a los generales, jefes y soldados que figuraron en las batallas de Acultzingo y Puebla”, y decretó que se les entregara una medalla en recuerdo de su heroismo.

(Nuevamente,  La batalla del 5 de mayo, canción)

Fin